David plays in Los Alcázares – 2016

Review by J. Julián Pagán-Domenech

En muy contadas ocasiones, la oportunidad juega con la singularidad para crear un momento único. Ese que marca las vidas como el pie descalzo en húmeda arena. Como la piedra en el estanque dibujando concéntricas ondas que se expanden hasta el infinito y que, aunque no las percibamos, permanecen para siempre ya que, la principal cualidad del agua, es su memoria.

Al igual que nosotros, porque somos agua.

La memoria es la arquitectura sagrada que conforma nuestra existencia. La gran catalizadora que define nuestro rumbo y nos ayuda a elegir en la encrucijada de caminos de nuestra vida.

Esa evanescente sensación es la que experimenté el pasado martes con el sublime concierto que nos brindó David.

Un excelso músico de sangre hispano-belga que condensa en su extraordinaria obra, la raza y espontaneidad española con la delicadeza y virtuosismo belga.

El piano y él conforman una unión indisoluble. Pura física, pura química que dan como resultado una mágica integración de precisión cerebral nanométrica y, a la vez, una coordinación motora que producen una cadencia musical cuasi perfecta en la interpretación y amplifica ese mítico entorno donde la naturaleza más hermosa se funde en un histórico claustro para proporcionarnos plenitud en su más amplio sentido del término.

La casualidad posee un halo paranormal porque solo se da cuando confluyen una amplia serie de variables en un momento determinado.

Y fue ella la que nos eligió ese día a los allí reunidos para gozar de una actuación de impecable ejecución técnica y honda sensibilidad.

Como demuestra el reflexionado repertorio elegido de grandes maestros de la historia de la Música y, a su vez, la acertada inclusión de brillantísima obra propia como Spielerei o la recién estrenada y enigmática Esferas, donde introduce una interesante reflexión pitagórica sobre la música, el vacío, el silencio como un “todo” que nos traslada a una ignota dimensión.

Entre esos grandes compositores no podía faltar, en ese certero día, un merecido homenaje de cumpleaños a Fulgencio Pagán, el último baluarte de la extraordinaria familia de músicos que nos acompañaba esa tarde y otros hermanos como José, Juan y Julián que, aunque ya marcharon, sus partituras y notas musicales creadas por sus talentosas manos y sus creativas mentes durante tantos veranos del pasado siglo y en el mismo escenario, aparecían impresas como cenefas modernistas en los frisos de esas bellas estancias donde acontecieron intrigas palaciegas, amoríos solapados y miradas cómplices que buscaban con ahínco el incógnito a huéspedes de honor.

Historias atesoradas con celo entre paredes para siempre.

Ni la más mínima duda me cabe que en aquel mágico entorno musical, los que fuimos elegidos ese día, sentimos más livianos nuestros cuerpos porque, si como dicen, las almas pesan 21 gramos, hubo un momento en que las nuestras ascendieron al cielo para integrarse con aquellos que quisimos y que ya no están, pero que sentimos como si estuvieran junto a nosotros por esa atmósfera creada.

Muy cerca de esos cúmulos de vivencias acontecidas con ellos y que nos modelaron para crecer y saltar del nido, habita el halcón que con su majestuoso vuelo divisa y escruta con modélica precisión, sin conceder un ápice a la duda, aquello que desea. Como la sobria determinación del arquero que apunta a la diana y es plenamente consciente de que el éxito lo espera ahí delante.

Quiero que vueles alto, muy alto, tan alto como puedas.
Tan alto como te guíen tus etéreas alas.

Es mi sincero deseo para ti, David.